Durante la pandemia de COVID-19, América Latina registró el mayor incremento global en inseguridad alimentaria. Así lo informa la Agencia Sistema de Noticias Científicas (ASNC), brazo periodístico de SIIC, en base a la investigación publicada en BMC Public Health. Mujeres, comunidades afrodescendientes e indígenas fueron las más afectadas, revelando que el hambre sigue siendo una expresión de desigualdad estructural más que de escasez de alimentos.
Introducción
Entre 2020 y 2023, América Latina vivió un retroceso sin precedentes en seguridad alimentaria. La FAO y la CEPAL estiman que el número de personas que padecen hambre aumentó en más de 30 %, alcanzando a 43 millones de habitantes en la región. Si bien la pandemia agravó la crisis, las raíces del problema se remontan a la fragilidad de los sistemas de protección social, la informalidad laboral y las brechas de género y raza.
Los hogares encabezados por mujeres y aquellos pertenecientes a comunidades afrodescendientes e indígenas sufrieron los mayores impactos, debido a la pérdida de ingresos, la reducción del acceso a programas sociales y la desigual distribución del trabajo doméstico y de cuidado.
Enfoque y resultados
Estudios recientes de la FAO, la OPS y el Banco Mundial documentan que el 40 % de los hogares latinoamericanos con jefatura femenina experimentó inseguridad alimentaria durante los dos primeros años de pandemia. En Brasil, la proporción de hogares encabezados por mujeres negras con hambre severa se duplicó entre 2020 y 2022. En Colombia, investigaciones entre comunidades afrocolombianas e indígenas mostraron que el cambio climático y el desplazamiento forzado amplificaron la inseguridad alimentaria. En México, el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (CONEVAL) informó que el 28 % de los hogares rurales encabezados por mujeres carece de acceso regular a alimentos nutritivos.
Pese a las diferencias nacionales, los factores de riesgo se repiten: desigualdad de ingresos, racismo estructural, informalidad y escaso acceso a la tierra. En toda la región, las mujeres rurales y las trabajadoras informales asumieron simultáneamente la pérdida de empleo y la responsabilidad del cuidado familiar, una combinación que intensificó la pobreza alimentaria.
Discusión y conclusiones
El hambre en América Latina no es solo resultado de crisis económicas o sanitarias, sino una consecuencia directa de sistemas sociales y productivos desiguales. La región produce alimentos suficientes para toda su población, pero la distribución está mediada por inequidades históricas de clase, género y etnicidad.
Las organizaciones comunitarias han respondido con estrategias de resiliencia, como huertas urbanas, bancos de alimentos y cooperativas gestionadas por mujeres. Sin embargo, estas acciones no reemplazan la necesidad de políticas públicas estructurales. La recuperación de los sistemas alimentarios debe integrar un enfoque de justicia social y ambiental, con políticas redistributivas, participación comunitaria y fortalecimiento de la soberanía alimentaria.
Superar el hambre implica reconocer que el derecho a la alimentación es inseparable del derecho a la igualdad.